martes, 4 de septiembre de 2007

La muñeca flamenca


Candela abrió el balcón de la salita para ventilar el cuarto y comenzó a limpiar el polvo del aparador, un viejo mueble de caoba donde se apilaban marcos de fotos antiguas, figuritas de porcelana y hasta una colección de cincuenta soldados de la II Guerra Mundial, de la que ya sólo quedaban treinta y cinco, la mayoría mutilados por el tiempo y las múltiples caídas entre el suelo y el aparador. En medio de todo aquel caos decorativo había una vieja televisión de veinte pulgadas sobre la que reposaba orgullosa la figura de una mujer flamenca con un vestido rojo de faralaes.

Candela sacudió con paciencia el polvo de los treinta y cinco soldados pero cuando le llegó el turno a la muñeca flamenca noto que estaba empapada, y de su vestido rojo se desprendí aun pequeño reguero de agua desteñida que resbalaba por la pantalla del televisor. Extrañada miró a la muñeca, que pese al chaparrón aun conservaba la sonrisa y enseguida comprobó que el agua procedía de una gotera en el techo de la sala.

La loca de la Loli, pensó furiosa, esa chiflada de arriba tan pronto se olvidaba de apagar el horno como de cerrar el grifo, cualquier día se dejaría el gas encendido y todo el edificio echaría a volar.

Todavía con la muñeca en la mano subió la escaleras y aporreó con rabia la puerta de la vecía. No obtuvo respuesta pero el suelo del piso también estaba mojado y un chorro de agua sucia se escapaba por deabajo de la puerta.

Era evidente que Loli no estaba allí. Candela se planteó salir a buscarla, pero pronto deshechó la idea, a esas horas podría estar en cualquier parte y mientras tanto el agua ya empezaba a correr escaleras abajo, en su avance lentro pero constante. Entonces recordó que Loli siempre dejaba la ventana de la cocina, que daba al descansillo de la escalera, entreabierta, pues má de una vez se había tenido que entrar por ahí al dejarse las llaves en casa.

Corrió el cristal, se sento en el borde de la venta con los pies colgando a casi un metro del suelo y desde allí, no sin esfuerzo, saltó hasta el interior del piso.

En la cocina todo estaba normal, no era problema de la lavadora porque estaba apagada y aunque el agua había llegado hasta allí todo parecía extrañamente en calma. Avanzó por el pasilla que permanecía casi en penumbra, todas las habitaciones estaban cerradas excepto una: el cuarto de baño.

Llegó hasta allí con las zapatillas empapadas y las medias mojadas hasta las rodillas, reconoció el sonido de un grifo abierto y en un gesto casi inconsciente apretó la muñeca contra su pecho sin percatarse de que el vestido rojo, todavía mojado, desteñía y dejaría para siempre una mancha rosada sobre su blusa clara.

Cuando por fin empujó la puerta se encontró de golpe con el brazo ingrávido de su vecina Loli asomando por el borde de la bañera, todavía tenía la cuchilla de afeitar en las manos y una sonrisa inoportuna, casi impertinente, se le había quedado colgada en los labios.

Rosa Márquez de la Orden

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